Huir del fuego para caer en las brasas

Let's not by Aral Balkan (CCBYSA)

traducción y pequeña adaptación de un texto original de Aral Balkan (CCBYSA)

Mariana Mazzucato ha publicado un artículo en la revista MIT Technology Review titulado Let ‘s make private data into a public good.

Mejor no hacerlo.

Si bien las críticas de Mariana sobre el capitalismo de vigilancia son acertadas, su propuesta de remedio queda lejos de ser recomendable.

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Hacia una nueva ética informativa

Women standing in a picket line reading the newspaper PM.

El fenómeno de las «fake news» y los algoritmos nos obliga a replantearnos la diferencia entre fuente y canal y la necesidad de una ética informativa global.

Internet ha supuesto un cambio de escala a todos los niveles que ha afectado la forma en que accedemos, consumimos y nos relacionamos con la información. En pocos años, hemos pasado de un proceso en que la curiosidad motivaba la búsqueda hacia un sistema automatizado que nos sugiere contenidos que se supone que nos gustarán. Asimismo, se desdibujan las fronteras entre medio, canal y fuente, y todos nos creemos emisores y receptores de contenidos. Este nuevo paradigma de supuesta socialización de la información se produce en un escenario hipercentralizado en el que los algoritmos de empresas como Google, Facebook o Twitter canalizan e influyen sobre un altísimo porcentaje de la información que consumimos. ¿Cómo nos afecta todo ello? ¿Qué riesgos y beneficios potenciales tiene?

Auctoritas

Internet ha supuesto una revolución y un cambio de escala en la creación, la distribución y el acceso a la información, modificando el ecosistema cognitivo a nivel mundial.

Se han incrementado exponencialmente el número y la diversidad de personas con acceso a recibir y emitir información. Esto puede considerarse un hecho democratizador y positivo: el nivel cultural medio de la humanidad es mucho más alto ahora que hace cien años. Dado que el conocimiento no es un bien escaso, cuanto más se difunda mejor para todos. Cuando las bases de cualquier sociedad mejoran todo el sistema mejora.

Sin embargo, ¿cómo afecta esta masificación a la jerarquía informativa? Ahora que muchas más personas hablan, ¿cómo podemos discernir quién tiene autoridad para hablar de un tema? ¿Cómo podemos definir qué fuentes son fiables? ¿Quién determina qué voces se convierten en canónicas, es decir, cómo se definen los nuevos modelos de referencia?

En el contexto actual, el canon, tradicionalmente fijado por una élite institucional, ha muerto para dar lugar a un ecosistema de cánones en el que confluyen tantas jerarquías como identidades y motivaciones se relacionen en cada individuo o cada sociedad. Las instituciones que hasta ahora decidían cuáles debían ser los referentes en los diversos ámbitos del conocimiento han perdido poder, ahora diversificado entre nuevas voces.

Trazabilidad

En los últimos años, la sociedad ha incrementado paulatinamente su conciencia a la hora de consumir. Los ciudadanos queremos saber de dónde han salido los productos que adquirimos y esperamos que se respeten los derechos de las personas involucradas en los procesos de producción. Así han nacido iniciativas como el comercio justo, la alimentación ecológica, los fondos de inversión responsables o los medicamentos no testados en animales.

La ética ha exigido trazabilidad a los sistemas de producción. Hoy, cualquier producto del supermercado incorpora un número de lote que nos permite, en caso de incidencia, detectar su origen. En este caso, la tecnología ha servido para mejorar la calidad de los sistemas de producción y de distribución, así como del servicio al consumidor.

Pero, ¿ha pasado lo mismo en el ámbito del consumo informativo? En plena era del hipervínculo, ¿cómo es posible que nos pasemos el día hablando de noticias falsas, de fakes de Internet? ¿No debería ser posible «trazar» las piezas de información, poder validar las fuentes de donde se han extraído los datos, de modo que el consumidor tuviera la tranquilidad de que lo que lee ha pasado por varios filtros y controles de calidad y, en caso de incidencia, pudiera contactar con el productor original? ¿No era ese el rol del periodismo?

How to Spot Fake News | FactCheck.org

Canal

¿Quién tiene más fuerza hoy? ¿El productor de la información, la fuente o el canal de distribución?

Internet nació como un proyecto abierto, que permitía la comunicación descentralizada y horizontal entre dos nodos cualesquiera de la red. Actualmente, grandes corporaciones como Google o Facebook se esfuerzan por concentrar el máximo de información y usuarios y retenerlos dentro de sus entornos, y así quieren convertir la red en un conjunto de silos, cada vez más aislados entre sí.

Estas empresas quieren ser canal y fuente a la vez. Cuando buscamos información meteorológica en Google, no nos fijamos en qué agencia ha hecho la previsión (¿Meteocat o Aemet?). Los datos se nos presentan como si la fuente fuera el propio Google, mientras que la fuente real cada vez aparece más escondida. Lo mismo ocurre cuando buscamos información sobre la bolsa, el estado del tráfico o cuando leemos las noticias.

Estas plataformas nos piden atención continua y hacen todo lo posible para que cada vez consumamos más información sin tener que salir. Incluso, algunos proyectos como Instagram van un paso más allá y ya no permiten añadir enlaces vía URL.

Los medios de comunicación también se han sumado al afán centralizador. Para evitar que los lectores abandonen su web, los principales diarios ya no incluyen dentro de las noticias hipervínculos que redirijan a fuentes externas.

Hay que ser conscientes de esta situación y combatir el creciente monopolio luchando para que Internet siga siendo multicanal y multifuente, garantizando, promoviendo y defendiendo la diversidad en la red. Y también hay que hacer una reflexión sobre cuál es y cuál debe ser el rol del cuarto poder en este contexto.

Emoción y hecho cognitivo

Los medios de comunicación no solo están tendiendo a concentrar la información, sino que también han iniciado una encarnizada lucha por el clic, porque ven que sus ingresos dependen cada vez más de la publicidad de Google. Esto hace que los periodistas se esfuercen cada vez más a hacer titulares cazaclics, que apelan a la emoción en lugar de la razón y hacen irresistible el clic.

La emoción per se no es un sesgo negativo al hecho cognitivo, ya que la curiosidad siempre ha sido una fuente de conocimiento. El riesgo aparece cuando, para conseguir clics, muchos medios tradicionales están olvidando su ética y su libro de estilo y se están acercando peligrosamente a la manera de hacer de la prensa amarilla. La popularidad, el número de visitas, likes, retuits o similares han provocado una progresiva crisis de la argumentación, en favor de un incremento de contenidos emocionales, cada vez más polarizados. Los titulares han perdido neutralidad en favor del escándalo. La calidad ha bajado en favor de la redundancia.

Emojis de Facebook

Emojis de Facebook

Algoritmo y búsqueda activa

A este nuevo escenario se le suma el hecho de que hemos pasado de un entorno de «búsqueda» a un entorno de «feed» o canal de contenidos. Ahora ya no consultamos los periódicos, sino que la información nos llega a través de nuestros timelines.

Hay que ser conscientes de que estos canales, ya sean informativos o culturales, no son neutros. Hay un algoritmo detrás que filtra, ordena y nos presenta aquellas piezas de información o conocimiento que es probable que nos gusten más según nuestro historial de comportamiento.

Un algoritmo no es más que un código diseñado por una organización. Quién y cómo lo diseña y con qué fines –comerciales o políticos– es un aspecto que debería ocupar una posición destacada en el debate social. Tres o cuatro empresas a nivel mundial están decidiendo, de forma opaca, qué material consumimos en el ámbito informativo y cultural. Paulatinamente van haciendo que dejemos de buscar, atrapándonos en una «burbuja informativa» hecha a medida para nosotros, o para todas las personas que cumplen nuestro mismo patrón. Lo pudimos ver con empresas como Cambridge Analytica y las elecciones de 2016 en Estados Unidos.

Los algoritmos tienden hacia la convergencia de patrones e intentan, por defecto, simplificar nuestra complejidad. Nos interpretan y nos incluyen en un patrón determinado, lo que atenta directamente contra nuestra individualidad. Refuerzan estímulos que funcionan, y ello dificulta que nuestros gustos o intereses evolucionen.

Ante esta herramienta tan potente, tenemos la responsabilidad de mantener nuestra curiosidad activa, de salir del patrón, de ir a descubrir cosas nuevas para no acabar «enmarcados» en un perfil social determinado, por pequeño y segmentado que sea.

Del mismo modo que hace años hacíamos un esfuerzo por encontrar información sobre los temas que nos interesaban (música, libros, etc.), ahora hay que hacer un esfuerzo para escapar de ella. Solo así podremos romper y ensanchar nuestros límites y gustos. Tenemos más patrones que nunca, podemos recorrer más caminos, siempre y cuando mantengamos viva la curiosidad.

Hacia una ética informativa global

Los humanos siempre hemos necesitado filtros para acceder a la información. Profesores, libros, manuales, medios de comunicación, etc., el divulgador es una herramienta necesaria básica para poder acceder al conocimiento.

Esta tarea, hoy, es asumida cada vez más por máquinas, con los beneficios y riesgos potenciales que ello conlleva. Hay que tenerlo en cuenta y actuar en consecuencia. Por ello, es necesario que estas tecnologías sean abiertas por defecto, desarrolladas con software libre, para poder detectar y evitar sesgos económicos o cognitivos en su diseño.

En un mundo ideal, un buen algoritmo podría convertirse en un «buen divulgador». El buen divulgador traduce de arriba abajo, adaptando el discurso al nivel del receptor y respetando la fuente original. Un algoritmo podría realizar esta tarea, pero la tecnología no es neutra. Por ello, debemos incorporar la ética en la toma de decisiones técnicas.

Ahora somos más conscientes que nunca de que, como miembros de una sociedad, somos un nodo de una red, donde desempeñamos un papel. La acción es colectiva, pero nosotros, como individuos, somos responsables de ella. Hay que seguir defendiendo una Internet abierta, libre y descentralizada. Hay que luchar para que este cambio de escala, que es Internet, vaya en la dirección correcta. No podemos aceptar como única realidad los productos sesgados de grandes corporaciones. Hay que fomentar la responsabilidad individual de la elección y del descubrimiento, y la responsabilidad y el poder colectivo que tenemos como comunidad de usuarios. Hay que diferenciar entre fuente y canal, y luchar para que no haya un canal único.

Hay que proseguir con el esfuerzo para conocer el canon, pero con la libertad de salir de él. La divergencia muestra nuevas posibilidades hasta que establece nuevos paradigmas. Defendámoslos.

África desde Occidente: una mirada sesgada

África sufre un sesgo sistémico: está subrepresentada a nivel de contenido, de participación y de perspectiva.

La exposición «Making Africa» invita a reflexionar acerca de lo poco que conocemos el continente africano y cómo lo observamos históricamente desde un prisma occidental o eurocéntrico, utilizando nuestras categorías y nuestros códigos. ¿Qué sabemos de África? ¿Quién nos habla de ella? ¿Cómo y por qué lo hace? ¿Por qué no sabemos más cosas? ¿Cómo la miramos?

Cuestionemos el mapa

Un mapa es una representación simbólica que destaca relaciones entre elementos dentro de una superficie o un espacio. Durante muchos años el mapa africano fue descrito y diseñado bajo la influencia del colonialismo europeo u occidental. Esto provocó un sesgo histórico en la forma de ver el continente, en la manera de conocer una realidad que nos ha sido presentada como muy lejana: Europa como punto de referencia que señala y define otros códigos, otras categorías, otras realidades. África como el otro, como cuota de alteridad. Como todo lo que nosotros no somos: como aquello que nos ayuda a definirnos.

Los humanos usamos divisiones contradictorias, geográficas o conceptuales, según nos convenga. Utilizamos el concepto Europa para definir el continente humanista por excelencia, posicionándonos en el centro del conocimiento, con las consecuencias que ello tiene en nuestro mapa mental respecto al resto del mundo. Por otra parte, a menudo usamos el término América cuando queremos decir Estados Unidos, y creamos el subconjunto Latinoamérica, países árabes, África negra o Países Catalanes para hablar de una serie de países o territorios con una lengua o cultura compartidas. Pero, en cambio, no usamos conceptos como «países cristianos». ¿Por qué? Otro ejemplo curioso es el uso de la palabra Mediterráneo, que ha pasado de utilizarse como centro a usarse como frontera. Considerar el Mediterráneo como cuna de civilizaciones, como un todo que une tres continentes, a emplearlo conceptualmente para definir una orilla, la de los países del sur de Europa, que se comparan con los países nórdicos, o incluso como una frontera que nos separa de otro mundo, que no es el nuestro.

Incluso empleamos conceptos asimétricos como Global North y Global South, donde casualmente Australia forma parte del norte global y China, del sur. Estos conceptos, junto con otros como países en vías de desarrollo, países emergentes o tercer mundo, solo ayudan a jerarquizar otras realidades, situándolas en otra categoría, otro nivel, otro plano, donde se hace más difícil la interacción de iguales. Son formas más o menos afortunadas de evitar decir la palabra inferior.

Dicho esto, ¿cómo y cuándo usamos el concepto África? ¿Puede considerarse África como un todo? ¿Es conveniente utilizar África como una unidad cultural, geográfica o económica? Si un sintagma es un conjunto de palabras que mantienen una relación de sentido en el momento de su pronunciación o escritura, como conjunto, África no actúa como tal. Ni como una división homogénea ni como una unidad de conocimiento. Los diversos grupos humanos habitantes presentan diferencias culturales, lingüísticas y económicas evidentes. Uno de los puntos que sí comparten buena parte de los países africanos es su herencia colonialista, como herederos o víctimas de un mismo pasado. África es un sistema dividido en elementos que se relacionan entre sí. Para analizarlo, pues, hay que estudiar estas relaciones y cómo afectan la globalidad, que adquiere un significado más allá de la suma de las partes.

Así pues, repensemos el mapa. Vamos a cuestionarlo. Si todas las palabras importantes son polisémicas, pensemos qué sentido se quiere dar cuando usamos o usan el término África.

Repensemos la historia

Como dice la activista feminista nigeriana Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí, la época moderna se caracterizó por un número de procesos históricos que incluyen la colonización europea de África, Asia y América Latina. Este proceso evocó el desarrollo del capitalismo y la industrialización, así como la creación de estados nación, el aumento de las disparidades regionales en el sistema mundial y la estratificación de la población mundial según su raza y su género, lo que provocó una hegemonía cultural euroamericana a nivel mundial.

Ha sido Occidente quien ha definido y explicado la historia de África, su relato, y con ello ha provocado un sesgo obvio en nuestra percepción sobre el continente, que se ha centrado en la visión histórica de un continente necesitado, más que en las colaboraciones africanas a la historia de la humanidad. Queda claro que África sufre un sesgo sistémico: está subrepresentada a nivel de contenido, de participación y de perspectiva. Partimos, pues, de un apriorismo incorrecto. Tenemos que incrementar, entonces, el número de voces que hablan de y desde África, así como su contextualización dentro del discurso global. Y hay que hacerlo evitando caer en un reconocimiento de cuota, sin una aproximación paternalista, sino buscando un interlocutor válido, con una aceptación sincera del otro. Es por eso que hace tiempo que se está reclamando un proceso de descolonización del conocimiento. En 1984 el escritor nigeriano Chinua Achebe lo reclamó en una entrevista, con una frase que se incluye en la exposición: «Mientras los leones no tengan a sus propios historiadores, los relatos de caza siempre glorificarán a los cazadores».

Pero Occidente tiene unos sistemas de gestión social y del conocimiento muy definidos, y la academia solo acepta la existencia de otros grupos cuando estos se adaptan a su forma de hacer. Por desgracia, a menudo entendemos la multiculturalidad o integración como colectivos que se adaptan a nuestro canon.

Así pues, ¿cómo podemos hacer que las instituciones africanas puedan contribuir al canon global sin ser asimiladas? ¿El propio concepto de canon es aún vigente? ¿Las universidades africanas deben poder hablar de contenidos locales, pero no son válidas para hablar de ciencia? ¿Daríamos el mismo valor a una publicación científica publicada en Harvard que en la Universidad de Nairobi? ¿Cómo nos relacionamos con otras formas de conocimiento, algunas incluso sin tradición escrita? ¿Cuáles son los puntos reales que favorecen el intercambio epistemológico? Quedan, pues, muchas cuestiones por resolver.

En la Wikipedia hay cien veces más artículos georreferenciados sobre Francia que sobre toda África. Y solo un 25% de los contenidos sobre el África subsahariana se editan desde allí.

En la Wikipedia hay cien veces más artículos georreferenciados sobre Francia que sobre toda África. Y solo un 25% de los contenidos sobre el África subsahariana se editan desde allí.

La doble mirada

En esta línea, Oyěwùmí hace unas reflexiones muy interesantes sobre el análisis de género desde una perspectiva africana, eliminando algunos conceptos preestablecidos por el pensamiento occidental. Por ejemplo, cuestiona la propia dicotomía hombre-mujer, relacionándola con el rol central de la familia nuclear como espacio aislado dentro de la sociedad europea, donde la identidad y el rol de la mujer están predefinidos históricamente y donde la mujer lucha por la liberación. Oyěwùmí nos aporta esa necesaria doble mirada, cuando nos cuenta que nuestra realidad no es la única posible, y tampoco lo son nuestras categorías, y pone como ejemplo los diversos sistemas de organización social y familiar de varias comunidades africanas, en el que el rol histórico de las mujeres no tiene nada que ver con la realidad occidental.

Otro ejemplo, no africano pero que nos sirve para conocer el mundo islámico, es Sirin Adlbi Sibai, investigadora arabista hispanosiria que estudia los feminismos islámicos y hace de ellos una revisión, proponiendo la construcción y el desarrollo de un pensamiento islámico descolonial. Sirin Adlbi Sibai nos cuenta otra forma de ver el Islam y en particular a las mujeres, partiendo de la tesis de que el pensamiento islámico contemporáneo también ha sido influido por las formas clásicas de poder, importadas de la modernidad occidental. También denuncia la dificultad del diálogo intercultural, cuando desde Occidente asumimos las mismas categorías como universales para intentar entender otra cultura, otro sistema de valores.

En un momento de crisis identitaria, Europa necesita a África más que nunca. Estamos en un momento de reafirmación y cuestionamiento de nosotros mismos, pero estamos reforzando los códigos propios negando el resto, construyendo muros y fronteras que delimiten nuestra identidad, intentando convertir a Europa en el espacio seguro y el resto, por definición, en un espacio no seguro. Esta percepción de la propia fragilidad ha dado pie a los populismos que están en las puertas ‒o dentro‒ de varios parlamentos, con discursos identitarios en que se niega y se criminaliza al otro por ser diferente.

Podemos combatir este discurso del miedo conociendo mejor al otro. Tal y como explica Carlos Bajo en un interesante artículo en este mismo blog, Internet y las redes sociales están haciendo que miles de nuevas voces africanas reclamen su espacio de atención. Han surgido cientos de colectivos que inciden en acciones políticas y sociales para desmantelar el actual statu quo de los diversos estados africanos. Después de siglos de silenciarlos, lo menos que podemos hacer es prestar atención. Todos podemos ampliar la diversidad del número de voces que digerimos diariamente en nuestros timelines, y buscar esa necesaria doble mirada. África como espejo que nos interpela, nos define y nos cuestiona.

Bibliografía

Wikidata: la nueva piedra de Rosetta

Archive of marine geological samples of the Alfred Wegener Institute for Polar and Marine Research (AWI), Germany, 2007

Con más de 15 millones de elementos compilados en tan solo tres años, Wikidata está llamada a convertirse en el repositorio central de datos abiertos a nivel mundial. La esperada promesa del linked open data parece ser que por fin ha llegado: una base de datos multilingüe, completamente abierta, de dominio público, que puede ser leída y actualizada tanto por humanos como por máquinas. Mucha más información gratuita y al alcance de mucha más gente, en su idioma. Gracias a su sistema de información estructurada y en formato abierto, nos permite hacerle preguntas dinámicas, como, por ejemplo, cuáles son las ciudades más grandes del mundo con una alcaldesa o cuántos ministros son a su vez hijos de ministros, entre otras muchas. Con Wikidata estamos ante un nuevo paso adelante en la democratización del acceso a la información. Es por ello que lo más importante ahora son las preguntas que nos hacemos. ¿Qué información queremos documentar? ¿Cómo podemos llegar a contextualizarla? ¿Cómo afecta esta nueva herramienta a la gestión del conocimiento?

Con la llegada de Internet, hemos asumido que toda la información está a un clic de distancia. Miles de personas de todo el mundo cuelgan sus creaciones de forma desinteresada. Guías, manuales, fotos, vídeos, tutoriales, enciclopedias y bases de datos. Toda la información al alcance. La Fundación Wikimedia promueve varios proyectos con el objetivo de que la suma de todo el conocimiento llegue a toda la humanidad de forma gratuita en su lengua, y la Wikipedia es uno de los proyectos más exitosos. Su versión en inglés alcanzó los cinco millones de entradas en octubre de 2015. Pero esta versión está culturalmente sesgada, con una sobrerrepresentación de la cultura occidental. De hecho, solo considera un 30 por ciento de los epígrafes existentes en el resto de los 287 idiomas que forman el proyecto Wikipedia, con más de 34 millones de artículos en total. Muchos de los artículos sobre una cultura determinada solo existen en su lengua. Solo hay que mirar los mapas de elementos geoposicionados. Hay mucho que hacer: se ha llegado a estimar que una enciclopedia completa hoy en día debería tener unos cien millones de artículos. Ahora que sabemos que se puede hacer y que todo está a un simple clic, queremos tener la biografía de todos los escritores húngaros disponible en una lengua que entendamos, y lo queremos ahora. Las diferentes comunidades wiki locales en todo el mundo intentan compilar de la mejor forma posible su cultura en su lengua, pero a menudo tienen poca capacidad de incidencia en el corpus global del proyecto. Hay miles de artículos sobre catalanes en catalán en Wikipedia, pero no tantos sobre cultura catalana en castellano, menos en francés y muchos menos en inglés. ¿Cómo podemos difundir nuestra cultura a nivel internacional si todavía estamos intentando compilarla en nuestra propia lengua? ¿Cómo podemos acceder a información que no está escrita en ninguna de las lenguas que dominamos? La defensa del multilingüismo en línea abre tantas oportunidades como retos.

Los datos son bonitos. Los datos son información

Por esta y muchas otras razones, en 2012 se creó Wikidata, una base de datos colaborativa y multilingüe cuyo objetivo es proporcionar una fuente común para ciertos tipos de datos, como fechas de nacimiento, coordenadas, nombres, registros de autoridades, gestionada de forma colaborativa por voluntarios de todo el mundo. Así, cuando se da un cambio de gobierno, solo hay que actualizar el elemento correspondiente de Wikidata y automáticamente se actualizará en todas aquellas aplicaciones que estén vinculadas, sea Wikipedia o cualquier aplicación de terceros. No hay que inventar la rueda cada vez. Este modelo de colaboración ayuda a reducir la diglosia cultural existente, ya que comunidades pequeñas pueden tener un impacto global mayor de un modo mucho más eficiente. A medio plazo, toda consulta a Wikidata incluye los datos de todas partes, no solo de aquellas culturas o comunidades históricas con capacidad de influencia. Si, por ejemplo, realizamos una consulta sobre «doctores licenciados antes de los 20 años», no solo nos mostrará a los doctores franceses o ingleses, sino que también nos podrá mostrar a taiwaneses o andorranos.

Este proyecto abre todo un nuevo mundo de posibilidades tanto para colaborar como para hacer uso de sus datos: Wikidata game nos permite realizar miles de pequeñas contribuciones jugando, incluso desde el móvil, mientras esperamos el autobús. Inventaire permite a la gente compartir sus libros favoritos, histropedia nos muestra una representación gráfica de la historia. Científicos de todo el mundo cargan sus bases de datos de búsqueda y el sector cultural está construyendo una base de datos con todas las pinturas del mundo. Todos estos proyectos funcionan con el motor de Wikidata, que se está convirtiendo en un nuevo estándar a nivel mundial.

¿Y por qué Wikidata y no otro? A menudo en Internet los estándares no se dan por su capacidad de generar autoridad, sino por su capacidad de generar tráfico y por su capacidad de actualización. No gana el mejor, sino el que concentra a más gente y se actualiza más rápido, y este es uno de los puntos fuertes del proyecto, que hay miles de voluntarios actualizando constantemente la información. El resultado es que cualquier aplicación o proyecto relacionado con los grandes datos o big data ya puede aprovechar todo ese conocimiento estructurado, y de forma gratuita. Asumiendo eso, hay que replantearnos qué papel quieren desempeñar los agentes de conocimiento clásicos (universidades, centros de investigación, instituciones culturales) y cuál es o será el rol de los repositorios de autoridades a nivel mundial, cuando las nuevas herramientas los están mapeando e interconectando, creando una nueva centralidad. Uno de los retos con los que se encuentran las instituciones culturales es la falta de coincidencia de criterios estandarizados a la hora de documentar una obra de arte dentro de su catálogo, por ejemplo: medidas con marco, sin marco, con passepartout o sin él, descripciones en formato texto en campos número… Hay que ordenar los propios datos antes de abrirse al mundo: ser abierto significa ser interoperable. Muchas instituciones ya se están adaptando: gestoras de autoridades como VIAF ya colaboran abiertamente con Wikidata. El MoMA también lo incorpora en su catálogo. En Cataluña, la Universidad de Barcelona, en colaboración con Amical Wikimedia, lidera uno de los proyectos pioneros en este campo, con el objetivo de crear una base de datos en abierto de todo el modernismo catalán.

Los datos no son conocimiento. Los datos no son objetivos

Los datos por sí solos no son conocimiento. Son información. Con la aparición de una nueva ecología muy densa de datos al alcance de todos corremos el riesgo de intentar simplificar excesivamente el mundo: simplemente describiéndolo, aunque sea de forma muy detallada, no tenemos por qué entenderlo. Sabiendo que Dostoyevski nació en 1821, murió en 1881 y que era existencialista no entendemos ni a Dostoyevski ni el existencialismo. Ahora más que nunca necesitamos herramientas que nos ayuden a contextualizar la información, a tener un criterio propio, a generar conocimiento basándonos en esta información, y que fomenten una sociedad con un fuerte espíritu crítico. Tampoco hay que olvidar que ‒por sí mismos‒ los datos no son objetivos, aunque aparenten una supuesta neutralidad. La selección de datos a documentar es un sesgo en sí mismo. Analizar o no el sexo, origen, religión, altura, color de ojos, posicionamiento político, nacionalidad de un grupo humano puede condicionar el análisis posterior. La codificación o no de un dato en particular dentro de un conjunto puede informar y camuflar una realidad a la vez. Sin interpretación los datos no sirven de nada.

Todo el mundo conoce el efecto que tuvo la aparición de Wikipedia sobre las enciclopedias clásicas en papel. ¿Qué efectos va a tener Wikidata? Siguiendo la filosofía wiki, el trabajo se va haciendo de forma colaborativa, asimétrica, pero de modo continuado. Cualquiera puede colaborar en la creación y el mantenimiento de los contenidos, pero también de los vocabularios, de las propiedades de los elementos y de las taxonomías con que se clasifica la información. Estamos decidiendo cómo organizamos la información del mundo y lo estamos haciendo de una forma abierta y participativa, como un ejemplo de lo que se puede llegar a hacer con la tecnología. Sabemos que el conocimiento humano evoluciona por acumulación, que la cultura occidental es esencialmente heredada. Nuestra realidad es de una manera determinada gracias a los avances tecnológicos, sociales, políticos y filosóficos de quienes nos precedieron. Es por ello que las generaciones de hoy no tenemos que descubrir la electricidad, aprovechamos los esfuerzos de nuestros antepasados. En cambio, con Internet por primera vez podemos ser partícipes de uno de los fenómenos que marcará la historia de la humanidad: estamos definiendo y generando un nuevo ecosistema informativo sobre el que se basará una posible nueva revolución cognitiva, con la suerte de que podemos participar en él, cuestionarlo y mejorarlo mientras se genera. Entre todos podemos participar en un proyecto histórico a la altura de los grandes avances de la humanidad. Podemos crear una nueva piedra de Rosetta que sirva de llave abierta y transparente para descifrar el mundo de hoy en día y quién sabe si como fuente documental para generaciones o civilizaciones futuras. Vamos a hacernos responsables de ello.

Texto publicado originalmente en el CCCB aquí