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Espacios de confianza en tiempo de fake news

La pandemia mundial de la COVID-19 nos genera una incertidumbre generalizada. Es una situación completamente nueva, jamás vivida hasta ahora, una sacudida a nuestras rutinas y a nuestro modo de ver el mundo. No sabemos exactamente qué ha pasado, dudamos sobre cómo hay que gestionar el presente y desconocemos completamente qué pasará en el futuro. Gran parte de lo que dábamos por supuesto ahora se tambalea. De sopetón muchas de las cosas que creíamos estables lo dejan de ser o, si lo son todavía, ya no nos sirven. Percibimos por primera vez riesgo real para nuestra vida o la de nuestras personas queridas. En un momento como este, como el 1943 Abraham Maslow definió su jerarquía de necesidades humanas, priorizamos conceptos como la fisiología, la alimentación y la seguridad frente a otros como la autorrealización. La incertidumbre se ha universalizado y el panta rey de Heráclito recupera protagonismo: la única constante real es el cambio.

Con la crisis del 2008 descubrimos que el equilibrio económico mundial era más débil de lo que creíamos. Ahora estamos descubriendo que, como especie, somos mucho más interdependientes de lo que pensábamos y que es ciertamente frágil el equilibrio del ecosistema donde vivimos. Si hace doce años la incertidumbre se intentó mitigar con la aparición de la troika, delegando la autoritas y el poder en los expertos en economía, ahora intentamos delegar la autoridad en los científicos y los médicos. Pero al tratarse de una situación totalmente nueva, los expertos admiten que tampoco tienen los conocimientos suficientes para gestionarla. La comunidad científica nos explica que no conoce a fondo este brote de coronavirus, que trabaja a un ritmo frenético para saber cómo actúa, cómo y por qué se propaga, pero que tardará meses en desarrollar una vacuna que pueda empezar a utilizarse en seres humanos. Vivimos uno días en que todos estamos aprendiendo al mismo tiempo.

Queremos saber

Un virus desconocido que provoca un confinamiento global: esta pandemia nos ha cogido a todos con el paso cambiado. Es bien comprensible que, ante esta nueva situación, todos intentemos informarnos, averiguar qué debe hacerse, ver cómo podemos protegernos, qué está pasando en el mundo y cómo nos afecta. Somos una sociedad hiperconectada, confinada… y nerviosa. Pero ni la medicina ni la economía son ciencias exactas. Dan pie a la interpretación. Accedemos a miles de fuentes, artículos, noticias, mezcladas con declaraciones de médicos y políticos de todo el mundo que, o bien se contradicen, o van cambiando de criterio.

El desconocimiento científico mezclado con la instrumentalización política y con la dificultad para determinar qué información es fiable y cuál no, provoca una sensación, de fondo, de desconfianza generalizada. Dudamos de todo y de todo el mundo.

A menudo nuestros dirigentes políticos conocen la información sólo horas antes que el resto de la población. Algunos han aprovechado para mentir o para desinformar: Donald Trump ha pasado de hacer bromas racistas sobre el virus a hablar abiertamente de pandemia. China ha insinuado que el virus lo podría haber esparcido el ejército de Estados Unidos. Salvini, a su vez, explica que China desarrolló la COVID-19 en un laboratorio. En India los políticos han difundido que el brote del virus es mucho menos agresivo allí que en otras partes del mundo. En España hace unas semanas decían que eso era poco más que una gripe y ahora obligan a permanecer en casa bajo amenaza de ley mordaza, mientras se mezclan salud y patria. Y así por todo el mundo. Pero cada vez les cuesta más que la ciudadanía se lo trague.

Por otra parte hay que destacar el impacto que tiene en todo la tecnología que utilizamos para informarnos. Hace años diferenciábamos claramente cuando estábamos leyendo El Jueves y cuando La Vanguardia, cuando hacíamos una reunión de trabajo y cuando una llamada familiar. Pero ahora, cada vez más, todo se mezcla en un único dispositivo móvil. Toda la población mundial consumiendo y compartiendo contenidos sanitarios, gubernamentales, familiares e incluso humorísticos mediante el mismo dispositivo. En el mismo feed de nuestra red social preferida nos llega información oficial de las autoridades sanitarias, opiniones de nuestros contactos, odios diversos, humor, memes y noticias. Todo se mezcla tanto que nos cuesta discernir qué tipo de información consumimos en cada momento.

El desconocimiento científico mezclado con la instrumentalización política y con la dificultad para determinar qué información es fiable y cuál no lo es, provoca una sensación, de fondo, de desconfianza generalizada. Dudamos de todo y de todo el mundo. Es el caldo de cultivo perfecto para que por todas partes se propague la desinformación. En este escenario de desconfianza, a menudo es superior la autoridad que nos genera un enlace familiar o de afinidad que no la generada por un político, a menudo desacreditado. Nos queremos informar, pero sabemos que las fuentes oficiales tampoco saben mucho. Y dudamos. Dudamos más que nunca. Pedimos una segunda opinión. Y nos apoyamos en los entornos de confianza.

Todo el mundo tiene un familiar médico, un amigo mosso, alguien que trabaja en la administración o que acaba de salir del hospital. Entonces, de buena fe, acabamos consumiendo y compartiendo información que nos han pasado por Whatsapp hasta que queda desdibujada, descontextualizada o mezclada con rumores, información no contrastada, falsedades, porque se nos presenta a menudo con un formato y aspecto similar a la información oficial, y sin enlace a fuente oficial alguna. Y todos nos acabamos tragando alguna fake news. Pero aprendemos. Cada vez somos más conscientes de que parte de la información que estamos leyendo o consumiendo es obsoleta, incorrecta, o directamente falsa. Y esta incertidumbre sobre la calidad de la información que consumimos también nos genera angustia. De hecho, lo que más nos preocupa, quizá, es la imposibilidad de encontrar la verdad -o entornos de confianza- en un momento de incertidumbre global.

Combatir la desinformación

La educación y el pensamiento crítico son dos de las herramientas más potentes para vivir en un mundo de fake news. Aprendemos del método científico: cuestionémoslo todo, por defecto. Observación, rigor, escepticismo y método. Leemos, pensamos, contrastamos, y difundimos sólo lo que podemos validar. Pero todo eso requiere tiempo. Mucho tiempo. Y, a pesar de estar confinados, no tenemos tiempo. Por eso necesitamos buen periodismo.

Nos informamos en entornos de información distribuida, sin jerarquía, donde todo el mundo puede publicar una foto, un vídeo o un audio, sin contexto, y donde se mezclan datos y opiniones. Hechos y mentiras. Contenidos actuales y obsoletos. La tecnología ha democratizado el acceso al consumo y a la creación de información, pero ha generado nuevos problemas a la hora de jerarquizarla. Por eso necesitamos más que nunca la función que realiza el periodismo de calidad: compilar, contrastar, jerarquizar, destacar y publicar información. Añadir contexto. Necesitamos poder delegar parte de nuestra incertidumbre. Necesitamos poder generar espacios de confianza informativa, para poder sobrevivir en este mundo cada vez más incierto. Y eso cuesta dinero.

Los ciudadanos debemos entender que tenemos que pagar para poder tener información de calidad, sea con suscripción a medios privados o sea pagando nuestros impuestos, para dimensionar los medios públicos. Y tenemos que ser exigentes con los medios. Y los medios tienen que entender que deben abandonar la lucha por el cebo de clics (clickbait) y luchar por recuperar la autoridad, la credibilidad y la confianza de los lectores. Sólo generando estos vínculos harán que sus seguidores en redes quieran pasar a ser suscriptores de pago. El periodismo de calidad es más necesario que nunca. Necesitamos que nos expliquen el mundo que viene.

artículo publicado originalmente en Elmondedemà.cat, aquí.